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domingo, 21 de abril de 2013

TAL VEZ, QUIZÁS...


Tal vez quizás, navegando por mis circunstancias, me disolveré convirtiéndome en otro y así descansaré de mi existencia. No pretenderé complicarme con la subsección de la sección, porque de antemano sabré que en cualquier lugar elegido siempre habrá otra persona preocupada por su realidad. Y tantas veces tropezaré en la misma piedra que la necesidad me empujará a pasar de la vida plana a la tridimensional. Un escenario donde la mediocridad de la cuerda floja dará paso a un  ancho proscenio con individuos que formarán equipo, sumando todas las vanidades en pro del bien común. 
                                        Atravesaré costumbres y tópicos buscando el halo de lo verdaderamente importante. Y con cierta frecuencia me apartaré para abrir nuevos caminos donde pasaré largas temporadas, alejado de una sociedad enferma. Y vagaré dubitativo a pesar de la fascinación que me producirá ese otro mundo de infinitos colores. Sin embargo, mis raíces siempre jugarán un papel importante y decidiré regresar al escenario de la cuerda floja porque, al cabo, me encanta el aroma de un café, el calor de una ducha o contemplar un amanecer. Otearé más allá de la imperfecciones cuando me horrorice el panorama de algunos individuos vertidos en moldes, dentro de un congelador, donde las posibilidades de evolución continuarán limitándose a sustituir  frambuesas por grosellas.
                                        Entonces me daré cuenta de que no puedo pedir a la vida más de lo que me puede dar, sin importar cómo o con quien vaya porque siempre estaré conmigo. Fotografiaré la calidad del tiempo evitando que la queja ocupe un lugar en mi memoria y recuperaré el presente. Como cada domingo estoy solo con mi soledad, sentado en el banco de un parque cualquiera, tratando de no perder la cuenta de mi por contar días que nunca vendrán.

Pilar Cárdenes R.                                                                    Fotografía de: Oteaba Auer
                                                       

miércoles, 18 de julio de 2012

CUANDO LLEGUE EL DESARRAIGO

           Se mirará las manos. Estarán cubiertas de sangre.  Sentado en el asfalto sentirá el acoso de miradas inquisidoras, las mismas que lo juzgaban dentro del bar. Cuando vaya a pagar, el camarero con  sonrisa indulgente, le dirá: “Hoy está invitado, Sr. Villamayor”. Se preguntará por qué, un día más, está siendo sometido a tal  humillación. Hasta hace poco tiempo era él quien convidaba. Meterá la mano en el  bolsillo trasero del pantalón y sacará los únicos diez euros de que dispondrá para comprar un bonobus. Los tirará sobre la barra. Caminará hacia la salida y dos mesas tropezarán con él
      “Me hace bien la brisa invernal en la cara”, pensará, mientras la puerta de cristal se cierra lentamente tras su espalda. No querrá regresar a casa. Es verdad que Alicia le ha dado tres hijos; además, la brillante carrera profesional les ha permitido disfrutar de un elevado nivel socioeconómico. Sin embargo, cuando comience el declive de la empresa, comprenderá por qué a su madre siempre le pareció una mujer pretenciosa. Primero, los desencuentros, después usará la indiferencia y el mutismo, como arma arrojadiza. Sin darse cuenta, unas lagrimas correrán por sus mejillas. Necesitará sonarse y…
           −¡Joder, el pañuelo!, dejé el abrigo en el bar –exclamará en voz alta. 
        Al girarse para regresar sobre sus pasos, un hombre caminará directamente hacia él. Claramente, no tendrá intención de apartarse. Mostrará un impertinente descaro en la forma de mirar. Llevará un traje de buena calidad, aunque mugriento y arrugado, como abanderando un signo de distinción perdido. “Seguramente lo ha conseguido en Cáritas”, pensará frunciendo el entrecejo.
        −¡Apártate! –gritará mientras levanta el brazo derecho, movimiento que le imitará de igual modo. Se observaran tan fijamente que tendrá la sensación de respirar aire sin oxígeno. Se alejará unos pasos hacia atrás y el hombre también lo hará. Entonces, Villamayor creerá estar inmerso en una pesadilla y querrá salir de ella.  Le dará la espalda. Pasados unos segundos, se girará lentamente. De reojo verá cómo se mueve de igual manera. Intuirá que cualquier gesto por su parte será remedado. Enrojecerá de ira. Tensará cada uno de los músculos de su cuerpo. Apretará las mandíbulas y le estampará un puñetazo en el pómulo derecho. El estruendo de la cristalera alertará a los clientes del local. Sentado en el asfalto, se mirará las manos, estarán cubiertas de sangre. Entre la multitud que lo rodea no encontrará la cara del pordiosero.

viernes, 6 de julio de 2012

Día a día


Enloquecido por la pérdida de mi aire envasado en la duodécima planta de cualquier caja de cemento, busqué la pared verde en los muros del cielo. Ahora me acomodo entre los cálidos colores que adornan el vestíbulo del infierno.