Dionisio necesitaba llevar el recuerdo inventado hasta sus
últimas consecuencias, y emprendió el Camino de Santiago. El cuarto día, bajo
un sol de justicia, se abrió una zona de paisaje amplio y despejado donde divisó el árbol
plantado por su bisabuelo después de procrear once hijos y escribir un relato
de dos mil palabras; acto seguido le sobrevino un infarto que lo elevó al reino
de los cielos.
Dionisio se
acercó al majestuoso ejemplar conteniendo el aliento. Durante horas
recordó todos y cada uno de los detalles de su ancestro, mientras la suave
brisa movía las ramas sin el rumor
de las hojas. A punto estaba de fijar
su sueño con el marchamo de la verdad cuando escuchó unas voces femeninas,
cada vez más cercanas, que hablaban disparates:
—Me encanta la línea de tu nuevo
trabajo; especialmente ese del árbol solitario. Todavía tengo pendiente plantar el mío…
A este paso, acabaré por escribir un hijo o plantar un libro… Pero dime, ¿quién es el hombre del cuadro?
—¿Qué hombre? —respondió la pintora escrutando el óleo, sin comprender la pregunta de su amiga que insistió
en señalar una y otra vez el lugar donde se encontraba Dionisio.
© Pilar Cárdenes
Mercedes Mariño Mirazo,
Cuadro139x80 (nueva obra)
http://www.mirazopintura.com
