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lunes, 17 de septiembre de 2012

El TUPPERSEX DE RUPERTA


Pasaron siete meses desde que Ruperta atornilló, remachó y perforó los segundos del instante en que, desde su ventana, aceptaba el brindis de un paraguas ofrecido por un  hombre desnudo bajo su casa.  El furgón policial le arrebató a Fulgencio. (enlace a la historia)
                Continúa refugiada en la jaula de puertas abiertas, aunque ha logrado dotar a su existencia de momentos especiales donde la rutina no tiene cabida.  Después del suceso, trasladó el centro de operaciones (ordenador, prismáticos y cámara fotográfica) al lado de la ventana. Disfruta observando los acontecimientos en la calle o, a sus vecinos tras las rendijas de la persiana; pero el punto máximo de placer, lo obtiene en los días lluviosos cuando los paraguas juguetean de un lado para otro.
                 Por la tarde recibirá a unas amigas para una merienda especial. Como siempre, cotilleará opinará, conversará sobre las últimas noticias. Ellas están encantadas de escuchar las anécdotas de Ruperta. Ignoran que son historias vampirizadas a usuarios de redes sociales, blogs. o mientras juega al parchís online.  Precisamente, en un chat contactó con  Selene, una chica que se autofinancia la carrera haciendo reuniones  de tuppersex.
                   Se da el visto bueno ante el espejo cuando se prueba uno de los vestidos comprados por  Internet. Recibe al chico de la pastelería abriendo la puerta tras una línea imaginaria trazada a noventa  centímetros  de la salida que se corresponde con el ancho de la hoja.
                    A diferencia de otras veces, "las chicas" no llegaron en un reguero de minutos de diferencia. Cuando abrió la puerta, estaban todas de golpe, guapísimas y risueñas.  Antes de que apareciera Selene les advirtió sobre la conveniencia de  comprarle algún producto. Por fin apareció  la estudiante que con desenvoltura desacostumbrada para ellas, las tuteaba y las animaba a preguntar cualquier duda. Abrió el pesado maletín y fue sacando todo tipo de artilugios que llamaba “juguetes”. 
                —Chicas,  no os quedéis calladas –dijo  sonriendo, mientras abría una caja de lencería.
               —Mirad que ropa interior tan sexy. Vuestros maridos no podrán resistirse a  ¡TACHÁN!  —exclamó cual mago sacando el conejo de la chistera, en este caso un body-tanga de cuero en una mano y un látigo en la otra.
               —¡Ese me lo quedo yo!  —gritó Ruperta que, a sus cuarenta y cinco años continúa intacta.
                    El entusiasmo las fue desinhibiendo. Algunos chistes verdes y confesiones subidas de tono, hasta que una de las mujeres se arriesgó a revelar los detalles de cómo fingía con su aburrido marido; de ahí en adelante, el gallinero se explayó a sus anchas. Concluida la reunión, Selene apuntó los encargos de los que sacaría pingües beneficios.  Ni en sueños pensó hacer una venta tan voluminosa. Agradecida, regaló a Ruperta la trilogía de “Las cincuenta sombras de Grey”, sin imaginar  que la anfitriona conocía de memoria hasta el número de las página donde se encuentran los pasajes mas tórridos y morbosos.
                    Simulando una imprevista jaqueca despidió a "las chicas"y corrió al ordenador. Lleva tres semanas chateando con un caballero que le causa un cierto desasosiego. En su perfil, tiene cómo película preferida “Cantando bajo la Lluvia”. Ella, en el mismo lugar, “Los paraguas de Cherburgo”  Mientras conectaba, tomó los prismáticos  para observar al hombre que alquiló el segundo piso del  edifciio de enfrente. Aunque cierra los visillos, su luz encendida permite a Ruperta observar cómo se desviste y se sienta a escribir en lo que parece un portátil. Al cabo de dos horas, cabizbajo,  abandona el edificio.

miércoles, 11 de julio de 2012

AMORES DE UN ROTO PARA UN DESCOSIDO

                                           Cuadro de la pintora: Santa Robaina Rodriguez
Transcurrió un año hasta que por una cabriola del destino sus miradas volvieron a cruzarse. Desde la muerte del yorkshire, Ruperta no había vuelto a pisar la calle. Ese día amaneció soleado, impidiéndole disfrutar de ver como bailan los paraguas bajo la lluvia. La ventana de su jaula se encontraba en la quinta planta de un edificio situado en una céntrica plaza de la ciudad.
                 Fulgencio, había convertido en rito matutino la acción de oler cada una de las prendas del vestuario que usaría. Una vez finalizado el placer que le producía, se miraba en el espejo satisfecho de su aspecto gentleman. Bajaba la escalera con el cuidado de no tocar la barandilla de caoba, que para mantener su brillo hacía limpiar tres veces al día. Saludaba a la vieja Tata y desayunaba en el porche ojeando el periódico. 
              Miró al cielo. Hacía sol, no importaba, jamás dejaba el paraguas en casa, tampoco la bolsa vacía de unos grandes almacenes. “Quizás pueda repetir la hazaña del año pasado” –Pensaba, siempre, mientras acariciaba el mango. Anduvo por los aledaños de la zona comercial,  cuando sintió que la espera había finalizado. Continuó con el ritual iniciado dos horas antes. Esta vez, en sentido inverso. Abrió la bolsa,  depositó la corbata, la chaqueta. Aceleró el paso desabrochando el primer botón de la camisa, el segundo, el tercero, los puños. Inspiró profundamente y dejó el torso al aire.  Detuvo la marcha para quitarse los zapatos que encaró por las suelas. Se quitó el cinturón y, haciendo equilibrios para que la bolsa no tocara el suelo, se sacó una pernera, la otra, los calzoncillos. Abrió el paraguas, con la mirada fija en el epicentro desplegándose cual capullo en primavera.
                 Su excitación subió  al visualizarse en los escaparates con tan seductora apariencia. Entonces, emprendió  una carrera, mientras metía mano a las señoras, pellizcaba traseros, cruzaba pasos de peatones en rojo, saltaba delante de alguna pareja de jubilados, sonreía a los niños. En esa contra reloj  entró a un supermercado por una puerta y, antes de salir por la otra, “Oh dios, un hombre desnudo ¡y con paraguas!”- exclamó la carnicera. Agarró la tetilla de una cajera, se la apretó dos veces como si fuera la bocina de un coche antiguo. Un niño que lo observaba, rió saltando de alegría y Fulgencio le hizo un guiño de complicidad.
                  Al fin, alcanzó la plaza donde lo detuvieron el año anterior. Las sirenas, el bullicio, las risas, las murmuraciones, se convirtieron en la banda sonora de su momento de gloria. Tuvo el tiempo justo para clavar la mirada en otra que le correspondía, desde la ventana de un edificio. En un amago de reverencia, hizo el ademán de obsequiarle el paraguas. Ruperta aceptó el brindis, atornillando, remachando y perforando los segundos para no escapar de aquel instante. Se le iluminó la cara como en los días lluviosos, cuando los paraguas cobran vida. 
                 Inevitablemente, el furgón policial cerró las puertas. Quiso correr, pero solo esbozó una sonrisa mientras acariciaba el cristal de la ventana que la separaba de su otra mitad.