Como una travesía bíblica en el desierto pasaron cuarenta días, con sus correspondientes noches, sin que la población saliera de sus casas. Desde mi ventana disfrutaba los primeros rayos de la alborada abriéndose paso en el horizonte. Luego regresaba a la cama para escuchar la alegría de los pájaros y hasta el canto lejano de algún gallo.
El día parecía discurrir tan deprisa que la oscuridad se echaba encima antes de lo que hubiera deseado. Sin embargo, también era un placer contemplar la ciudad silenciosa de ojos chispeantes mientras ocurrían a saber qué historias en tantos hogares. Una de esas noches observé la felicidad de los edificios, contoneándose borrachos de luna llena.
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© Pilar Cárdenes
