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domingo, 6 de diciembre de 2015

LOS DESAYUNOS DE MALDAD

Se cuenta que algunas madrugadas Maldad despertaba gritando mientras trataba de desgarrarse el camisón,  las sábanas, o lo que encontrara a su paso. Su novio intentaba calmarla con el cuidado de tener alejada la cara; no le fueran a quedar señales cuando llegara al trabajo. Al fin conseguía convencerla de que, como la del cuento, no había nadie mejor que ella. Entonces Maldad esbozaba una sonrisa, hinchaba el pecho y se iba a hacer gárgaras al baño. Sus ruidos indicaban al vecindario que podían conciliar el sueño de nuevo. Con la garganta suavizada, regresaba a la cama. Sin embargo, los pies se movían sin control ocasionándole un pertinaz insomnio; insomnio que aprovechaba para urdir mil tramas con las que ganarse la amistad incondicional de algunas personas, martirizar a otras, o cómo vampirizar información para hacer circular cualquier falsedad contra quien pudiera estar durmiendo plácidamente en su casa.

          A la mañana siguiente, la sonrisa de Maldad se convertía en un rictus de ingenuidad que  propagaba a troche y moche por la calle. Después entraba en “El Afónico”, cafetería donde desayunaba con el círculo de amigas. Daba lo mismo si tomaban café, granizada, o coca cola, pero una vez sus traseros en descanso, acompañaban la bebida con el pellejo de quien tocara ese día creando estrategias hasta lograr pulverizarlo. A veces, el manjar era tan sabroso que duraba, semanas,  meses, ¡y hasta periodos inacabables de solsticios y equinoccios!... Según mi abuela que, por cierto, nunca supo la ubicación del local, corrió la noticia de que a excepción de las lenguas, sus cuerpos quedaron fosilizados en aquella cafetería donde ya no había clientes, ni camareros, ni mesas, ni edificio…

 © Pilar Cárdenes
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miércoles, 2 de enero de 2013

VOCABLO MUDO


Cuando mi viejo amigo, Julián, irrumpió en la sacristía la cólera esculpía su rostro. Demasiadas noches en vela imaginando como se desarrollarían los acontecimientos en el invierno de la enfermedad. Trataba de encontrar una explicación, una mentira para no enfrentarse a la verdad. De un manotazo, arrasó con todo lo que había sobre mi escritorio a la vez que vociferaba:
                    —¿Dónde va el alma de los Alzheimer al quedar sin memoria, sin entendimiento ni voluntad? ¡Joder!, ¡dímelo, curita de mierda! ¿No decías que son los tres pilares en que se fundamenta? ¡Dime, coño! ¿Qué dios es ese tuyo que dota al hombre de libre albedrío y por otro lado nos roba  las facultades que permiten recordar, comprender y querer, para elegir lo que nos conviene?
                      —Amigo mío, tranquilízate y, ¡hablemos, hombre! Jamás olvido que en la vida solo tenemos dos certezas; la de morir y la de vivir —Alcancé a decirle, sin mucho acierto, mientras se desmoronaba en mis brazos.
                     Mi mente desempolvó el tiempo en que nos jugábamos a cara o cruz el honor de ser monaguillo en la misa dominical. Creíamos, a pies juntillas, que el Todopoderoso nos premiaría con el cielo tras confesar, una y otra vez, los mismos "pecados" Estudiamos juntos hasta que ingresé en el seminario. El eligió Ciencias  Químicas. Oficié su boda y bautizos de los hijos por deseo de su esposa. En realidad nunca nos separamos, Desde que se declaró ateo, discutíamos durante horas tratando de convencernos, mutuamente, sin que ninguno dejara resquicio al beneplácito del agnosticismo.
                       Después de aquel episodio, en vez de matar el tiempo, se dedicó a disfrutarlo junto a su familia. Nos veíamos cada semana. A veces, sufría accesos de pánico que la razón no podía mitigarlos. Pidió que le pusieran música hasta el final de sus días. Me dijo haber leído que el oído era el primer sentido que el feto advertía y la última memoria que pierden los enfermos de Alzheimer.
                     En cada visita percibí el extravío de recuerdos. Se quedaba sin presente porque no tenía pasado, ni tan siquiera el futuro inmediato cómo el hecho de saber que almorzaría una hora más tarde Otras veces, explicaba la forma o cualidad de un objeto a falta de la palabra que lo definiera. Solía decirme: “lo veo, lo tengo en la punta de la lengua y no me sale. Vocablos mudos, así los llamo, querido amigo,…no regresarán.” Perdió la referencia temporal. La mayoría de las veces tenía la mirada en el infinito mientras la música continuaba sonando.
                   En la etapa final tenía los ojos, permanente, cerrados; se le despojó de cualquier atisbo de dignidad. Cinco largos años, en aras de los avances de la ciencia, impidieron que la naturaleza siguiera su curso. Sonda alimenticia al intestino, marcapasos, oxígeno, cables, y un fisioterapeuta para evitar el anquilosamiento. La música quedaba ahogada por el tosco sonido del respirador.
                     Una tarde abrió los ojos, los cerró, los entreabrió de nuevo, encontrándose con los míos. Vi el brillo de la sonrisa en la mirada  Me pregunté si había encontrado el alma y dejaba asomar sus facultades, o me transmitía su triunfo en la partida. Tal vez solo fue producto de mi imaginación Al día siguiente me llamaron con urgencia. Cuando entré en el dormitorio reinaba un espeso silencio; silencio lacerante que mi voz quebró para hacerlo enmudecer. Impertinente silencio, único testigo de como se evaporaba mi fe mientras le administraba los Santos Óleos.

Pilar Cárdenes R.