Se cuenta que algunas madrugadas Maldad despertaba gritando mientras trataba de
desgarrarse el camisón, las sábanas, o
lo que encontrara a su paso. Su novio intentaba calmarla con el cuidado de
tener alejada la cara; no le fueran a quedar señales cuando llegara al trabajo.
Al fin conseguía convencerla de que, como la del cuento, no había nadie mejor
que ella. Entonces Maldad esbozaba una sonrisa, hinchaba el pecho y se iba a
hacer gárgaras al baño. Sus ruidos indicaban al vecindario que podían conciliar
el sueño de nuevo. Con la garganta suavizada, regresaba a la cama. Sin embargo,
los pies se movían sin control ocasionándole un pertinaz insomnio; insomnio que
aprovechaba para urdir mil tramas con las que ganarse la amistad incondicional
de algunas personas, martirizar a otras, o cómo vampirizar información para hacer circular cualquier falsedad contra quien pudiera
estar durmiendo plácidamente en su casa.
A la mañana
siguiente, la sonrisa de Maldad se convertía en un rictus de ingenuidad que propagaba a troche y moche por la calle. Después entraba en “El Afónico”, cafetería
donde desayunaba con el círculo de amigas. Daba lo mismo si tomaban café, granizada,
o coca cola, pero una vez sus traseros en descanso, acompañaban la bebida con
el pellejo de quien tocara ese día creando estrategias hasta lograr pulverizarlo. A veces, el manjar era tan sabroso que duraba,
semanas, meses, ¡y hasta periodos inacabables de solsticios y equinoccios!... Según mi
abuela que, por cierto, nunca supo la ubicación del local, corrió la noticia de
que a excepción de las lenguas, sus cuerpos quedaron fosilizados en aquella
cafetería donde ya no había clientes, ni camareros, ni mesas, ni edificio…
© Pilar Cárdenes
1512055955468



