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miércoles, 2 de enero de 2013

VOCABLO MUDO


Cuando mi viejo amigo, Julián, irrumpió en la sacristía la cólera esculpía su rostro. Demasiadas noches en vela imaginando como se desarrollarían los acontecimientos en el invierno de la enfermedad. Trataba de encontrar una explicación, una mentira para no enfrentarse a la verdad. De un manotazo, arrasó con todo lo que había sobre mi escritorio a la vez que vociferaba:
                    —¿Dónde va el alma de los Alzheimer al quedar sin memoria, sin entendimiento ni voluntad? ¡Joder!, ¡dímelo, curita de mierda! ¿No decías que son los tres pilares en que se fundamenta? ¡Dime, coño! ¿Qué dios es ese tuyo que dota al hombre de libre albedrío y por otro lado nos roba  las facultades que permiten recordar, comprender y querer, para elegir lo que nos conviene?
                      —Amigo mío, tranquilízate y, ¡hablemos, hombre! Jamás olvido que en la vida solo tenemos dos certezas; la de morir y la de vivir —Alcancé a decirle, sin mucho acierto, mientras se desmoronaba en mis brazos.
                     Mi mente desempolvó el tiempo en que nos jugábamos a cara o cruz el honor de ser monaguillo en la misa dominical. Creíamos, a pies juntillas, que el Todopoderoso nos premiaría con el cielo tras confesar, una y otra vez, los mismos "pecados" Estudiamos juntos hasta que ingresé en el seminario. El eligió Ciencias  Químicas. Oficié su boda y bautizos de los hijos por deseo de su esposa. En realidad nunca nos separamos, Desde que se declaró ateo, discutíamos durante horas tratando de convencernos, mutuamente, sin que ninguno dejara resquicio al beneplácito del agnosticismo.
                       Después de aquel episodio, en vez de matar el tiempo, se dedicó a disfrutarlo junto a su familia. Nos veíamos cada semana. A veces, sufría accesos de pánico que la razón no podía mitigarlos. Pidió que le pusieran música hasta el final de sus días. Me dijo haber leído que el oído era el primer sentido que el feto advertía y la última memoria que pierden los enfermos de Alzheimer.
                     En cada visita percibí el extravío de recuerdos. Se quedaba sin presente porque no tenía pasado, ni tan siquiera el futuro inmediato cómo el hecho de saber que almorzaría una hora más tarde Otras veces, explicaba la forma o cualidad de un objeto a falta de la palabra que lo definiera. Solía decirme: “lo veo, lo tengo en la punta de la lengua y no me sale. Vocablos mudos, así los llamo, querido amigo,…no regresarán.” Perdió la referencia temporal. La mayoría de las veces tenía la mirada en el infinito mientras la música continuaba sonando.
                   En la etapa final tenía los ojos, permanente, cerrados; se le despojó de cualquier atisbo de dignidad. Cinco largos años, en aras de los avances de la ciencia, impidieron que la naturaleza siguiera su curso. Sonda alimenticia al intestino, marcapasos, oxígeno, cables, y un fisioterapeuta para evitar el anquilosamiento. La música quedaba ahogada por el tosco sonido del respirador.
                     Una tarde abrió los ojos, los cerró, los entreabrió de nuevo, encontrándose con los míos. Vi el brillo de la sonrisa en la mirada  Me pregunté si había encontrado el alma y dejaba asomar sus facultades, o me transmitía su triunfo en la partida. Tal vez solo fue producto de mi imaginación Al día siguiente me llamaron con urgencia. Cuando entré en el dormitorio reinaba un espeso silencio; silencio lacerante que mi voz quebró para hacerlo enmudecer. Impertinente silencio, único testigo de como se evaporaba mi fe mientras le administraba los Santos Óleos.

Pilar Cárdenes R.

sábado, 17 de noviembre de 2012

MUERTE PARA UNA SONRISA


Don Justo llevaba días sin tomar la medicación prescrita por su psiquiatra y empezó a soñar con sonrisas y bocas que lo perseguían por doquier. Despertaba sobresaltado, pero continuaba viéndolas dispersarse por las paredes, sobre los muebles, sobre sus zapatos, ¡en la taza del desayuno! La única manera de relajarse lo conseguía limpiando y acariciando armas de fuego de su colección.
                    Marta Luisa recibió con entusiasmo el permiso de trabajo para viajar a otro país. Con la alegría que la caracterizaba metió pequeños recuerdos en una cajita junto al resto de bártulos, que llevó en el techo de un taxi hasta el aeropuerto. No miró atrás. Facturó un mundo de ilusiones, facturó su vida, facturó su sonrisa. 
                    El bullicio de la gran ciudad le dio la bienvenida. Entre diferentes medios de transporte y callejeando logró encontrar la dirección donde la esperaban. Un tercer piso sin ascensor que no echó en falta. Estaba sumida en ese estado de ansiedad y esperanza por el comienzo de una nueva vida. Hizo varios intentos pulsando el timbre hasta que sonó. La imagen de la felicidad fue la sonrisa  dibujada en su rostro al escuchar como, al otro lado, hacían girar la llave de la cerradura.
                    Don Justo dudó en dirigirse a la puerta cuando oyó llamar. Presentía que alguien venía a por él. Tomó un arma que había cargado el día anterior. Abrió la puerta; la boca de Marta Luisa en la semioscuridad de la escalera lo perturbó.  No dudó en dispararle un tiro entre ceja y ceja. Mientras la miraba sin verla desmadejada en el suelo, dirigió la pistola hacia él. Durante un tiempo indeterminado disfrutó la sensación del metal que rozaba sus labios y saboreaba su lengua hasta llegar al punto álgido de placer en que una bala decidió que había llegado el momento de  atravesarle el paladar.
Pilar Cárdenes R.

lunes, 13 de agosto de 2012

ENSAYO DE LA TONTERÍA


Por más inverosímil que parezca nadie había hecho un ensayo sobre la tontería hasta que Rosalinda sentó precedente. Buscaba el equilibrio manipulando los caprichos de la imaginación, pero siempre terminaba por resbalarse en el cenagal de la melancolía. Le faltaban palabras y le sobraban pensamientos. Jamás confesó a su hombre que no había sido la casualidad quien los unió cuando la noche invadió los últimos rayos del ocaso. Deliberadamente, forzó la realidad haciendo un pacto con la verdad para no prescindir de él.
                Aliviaba  las arrugas del alma construyendo puzles sin fisuras con los añicos del autoengaño. Volaba por encima de sus desaires o cabalgaba sobre el laberinto de sus mentiras mientras barría los silencios de la compenetración inexistente. Cuando se marchó solo le quedó la sonrisa congelada en el instante de una imagen no gastada por el tiempo.
                        Desde entonces, las compasivas madrugadas continúan llegando puntuales para retirar las mantitas que cubren sus ojos y asomarla al abismo de la ilusión donde se aferra al recuerdo inventado en que nada importaba porque él la vivía. Desconoce si sueña la situación o la situación la sueña a ella, pero mantiene vivo el ritual matutino de contener el aire para llevarlo a su boca cuando le falte el aliento.