Cuando mi viejo amigo, Julián, irrumpió en la sacristía la cólera esculpía su rostro.
Demasiadas noches en vela imaginando como se desarrollarían los acontecimientos
en el invierno de la enfermedad. Trataba de encontrar una explicación, una
mentira para no enfrentarse a la verdad. De un manotazo, arrasó con todo lo que
había sobre mi escritorio a la vez que vociferaba:
—¿Dónde va el alma de los Alzheimer al quedar sin memoria, sin entendimiento ni
voluntad? ¡Joder!, ¡dímelo, curita de mierda! ¿No decías que son los tres
pilares en que se fundamenta? ¡Dime, coño! ¿Qué dios es ese tuyo que dota al
hombre de libre albedrío y por otro lado nos roba las facultades que
permiten recordar, comprender y querer, para elegir lo que nos conviene?
—Amigo mío,
tranquilízate y, ¡hablemos, hombre! Jamás olvido que en la vida solo tenemos
dos certezas; la de morir y la de vivir —Alcancé a decirle, sin mucho acierto,
mientras se desmoronaba en mis brazos.
Mi mente desempolvó el tiempo en que nos jugábamos a cara o cruz el honor de
ser monaguillo en la misa dominical. Creíamos, a pies juntillas, que el
Todopoderoso nos premiaría con el cielo tras confesar, una y otra vez, los
mismos "pecados" Estudiamos juntos hasta que ingresé en el seminario. El eligió Ciencias Químicas. Oficié su boda y bautizos de los hijos por
deseo de su esposa. En realidad nunca nos separamos, Desde que se declaró ateo,
discutíamos durante horas tratando de convencernos, mutuamente, sin que ninguno
dejara resquicio al beneplácito del agnosticismo.
Después de aquel episodio, en vez de matar el tiempo, se dedicó a disfrutarlo
junto a su familia. Nos veíamos cada semana. A veces, sufría accesos de pánico
que la razón no podía mitigarlos. Pidió que le pusieran música hasta el
final de sus días. Me dijo haber leído que el oído era el primer sentido que el
feto advertía y la última memoria que pierden los enfermos de Alzheimer.
En cada visita percibí el extravío de
recuerdos. Se quedaba sin presente porque no tenía pasado, ni tan siquiera el
futuro inmediato cómo el hecho de saber que almorzaría una hora más tarde Otras
veces, explicaba la forma o cualidad de un objeto a falta de la palabra que lo
definiera. Solía decirme: “lo veo, lo tengo en la punta de la lengua y no me
sale. Vocablos mudos, así los llamo, querido amigo,…no regresarán.” Perdió la
referencia temporal. La mayoría de las veces tenía la mirada en el infinito
mientras la música continuaba sonando.
En la etapa final tenía
los ojos, permanente, cerrados; se le despojó de cualquier atisbo de dignidad.
Cinco largos años, en aras de los avances de la ciencia, impidieron que la
naturaleza siguiera su curso. Sonda alimenticia al intestino, marcapasos,
oxígeno, cables, y un fisioterapeuta para evitar el anquilosamiento. La música
quedaba ahogada por el tosco sonido del respirador.
Una tarde abrió los ojos,
los cerró, los entreabrió de nuevo, encontrándose con los míos. Vi el brillo de
la sonrisa en la mirada Me pregunté si había encontrado el alma y dejaba
asomar sus facultades, o me transmitía su triunfo en la partida. Tal vez solo
fue producto de mi imaginación Al día siguiente me llamaron con urgencia.
Cuando entré en el dormitorio reinaba un espeso silencio; silencio lacerante que
mi voz quebró para hacerlo enmudecer. Impertinente silencio, único testigo de
como se evaporaba mi fe mientras le administraba los Santos Óleos.
Pilar Cárdenes R.





